¿Alguna vez has imaginado qué pasaría si tu perro, tu gato o los pajaritos del parque pudieran hablar como nosotros? Pues déjame contarte un secreto: ¡En las fábulas, los animales sí pueden hablar!
Imagina que es un cuento muy cortito, pero muy especial. En las fábulas, los personajes casi siempre son animales que se comportan como personas: se enojan, se ríen, cometen errores y aprenden cosas nuevas.
Pero lo más importante de una fábula es que siempre nos regala un tesoro al final. Ese tesoro no es de oro ni de plata, es una enseñanza para ser mejores niñas y niños.
Para cocinar una buena fábula, necesitamos 3 ingredientes principales. ¡Mira qué fácil!
Son los actores de la historia. A esto se le llama personificación, que es una palabra elegante para decir que los animales actúan como humanos (hablan, usan ropa o van a la escuela).
Es lo que sucede entre los personajes. A veces se pelean, a veces uno quiere engañar al otro, o a veces tienen un reto difícil. Es la parte emocionante del cuento.
Esta es la parte más importante. La moraleja es el consejo o la lección que aparece al final de la historia. Nos enseña qué es lo correcto y qué es lo incorrecto.